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martes, 19 de marzo de 2013
Conejo en jarra
Sí, conejo en jarra. No en jarras, en jarra.
La receta de hoy es un clásico británico y suele emplear liebre: jugged hare. Jugged viene de jug, es decir, jarra, el recipiente en el que se cocina la carne. Se trata de un método documentado desde hace siglos y que se utilizaba para carnes que requerían una cocción prolongada en tiempos en los que no todo el mundo tenía horno. Los ingredientes se trocean, se meten en la jarra de marras, que se tapa y coloca en el interior de otra olla con agua hirviendo. De esta forma no sólo se consigue el punto deseado para carnes tradicionalmente fibrosas, sino que no se pierden sus jugos, con los que luego se prepara una salsa.
La receta por excelencia para jugged hare -o rabbit en el caso que nos ocupa, ya que la preparé con conejo- proviene de Hannah Glasse y su libro The Art of Cookery, publicado en 1747. La receta también es famosa porque se le atribuye el comienzo "Primero, caza una liebre", que, por muy divertido que suene, no deja de ser una invención apócrifa. Se trocea el animal y se mete en la jarra con un poco de tocino, una cebolla, clavo, macis y bastante mantequilla. Lo tapamos con papel aluminio y a cocer entre dos y tres horas, en función de las cantidades. Cuando haya terminado, se retira la carne y con los jugos se prepara en una sartén una salsa a la que se pueden añadir alcohol -en este caso, vino tinto- y, si se dispusiese de ella, la sangre del animal, en cuyo caso estaríamos hablando ya de un civet.
Esta forma de cocinar me recuerda a un hábito marroquí de preparar una comida en una vasija de barro y luego llevarla al horno del barrio, donde el panadero utiliza el calor residual de preparar el pan para cocinar estos encargos de sus clientes, que unas horas más tarde volverán a recogerlos. Colin Spencer, autor del magistral British Food, me cuenta que desde la Edad Media se conoce en Inglaterra esta preparación, común entre clases rurales sin horno, pero de la que apenas se ha escrito. De hecho, la mayoría de las recetas que circulan por ahí, incluida la de Jane Grigson en English Food, es un calco de la de Glasse.
No se le puede negar la comodidad y el resultado no desmerece: una carne tierna y una salsa potente y cargada de sabor, además de transportarnos en el tiempo a una época totalmente distinta.
martes, 6 de noviembre de 2012
La mora en la cocina de vanguardia: El Bulli
Imagen tomada de Diario del Gourmet de Provincias.
La mora, la que crece abundantemente en las zarzas que invaden los caminos
y los campos sin cultivar, que tantos frutos nos ofrece a quienes nos tomamos
la molestia (y el placer) de recogerlas, no solo ha encontrado su sitio en las
cocinas domésticas, sino que también lo está haciendo en las de los
restaurantes más creativos. Algo de lo que me alegro, y mucho. Porque refleja
de algún modo esa tendencia que persigue un retorno a ingredientes de proximidad,
temporada y sostenibles, y que la alta cocina no tiene necesariamente que ser
alta por usar ingredientes raros y caros, sino que es la transformación
imaginativa del cocinero la que los eleva de la humildad al lujo.
La mora, es cierto, no goza de tanta presencia como las fresas o las
frambuesas, por ejemplo, pero he podido hacer una pequeña recopilación de su
uso en cocina de vanguardia, tanto en preparaciones dulces como saladas. Confío
en poder ir presentándolas aquí y, para ello, vamos a empezar por el
restaurante que ha simbolizado la innovación por excelencia en los últimos
años: El Bulli.
Jorge Guitián, conocido desde hace años por su blog Diario del Gourmet deProvincias, es una de esas personas que ha podido comer en El Bulli y que,
además, pudo hacerlo en su última y definitiva temporada como restaurante,
ahora que Ferran Adrià y su equipo han replanteado su futuro como una
fundación. La crónica completa de la visita de Jorge podéis leerla aquí, pero
ahora mismo lo que nos interesa es el uso de la mora, presente en uno de los 48
platos de los que consistió el menú.
Uno de los conceptos que marcó la cocina del Bulli y su puesta en escena
fue el desarrollo de las secuencias. Un solo plato podía descomponerse en
varios que tomaban cada uno de sus ingredientes para prepararlos por separado y
ofrecer así una experiencia diferente a modo de secuencia que el comensal
degustaba en un determinado orden. O no solo un plato, sino un conjunto de
ellos relacionado por su origen, por ejemplo. En el caso de la mora, que es el
que nos ocupa, formaba parte de una secuencia dedicada a la caza. El plato en
concreto era un risotto de mora con jugo de caza: la mora desgranada, al modo
de un arroz, con un intenso y cremoso concentrado de liebre. Le habían
precedido un ninyoyaki (buñuelo japonés) de liebre y un capuccino de caza, y luego dio
paso a un ravioli de liebre con su boloñesa y su sangre y, por último, unas
castañas miméticas, un trampantojo en el que se reconstruía el fruto con un
interior de liebre. Según recuerda Jorge, el risotto cumplía la función de transición
sin romper la secuencia: “Así, se preparaba el paladar para pasar del capuccino
de caza con cacao a la provocación (falsa) de la sangre de la liebre del
siguiente plato”.
La secuencia dedicada a la caza cerraba un menú (antes de los postres) que
en sí mismo también era una secuencia, como corresponde al menú degustación.
Jorge lo equipara a una obra teatral organizada en actos. “En el que yo tomé
había un primer acto más informal, de snacks pequeños, un segundo más
mediterráneo, otro de influencia asiática, otro con toques americanos y se cerraba
con la caza antes de los postres”. Tomado individualmente, cada acto o
secuencia también disponía de su propio ritmo interno: “Un inicio más o menos
provocador y luego una serie que iba de menos a más, como si presentasen la
idea general de golpe y luego la desarrollasen poco a poco en el resto de la
secuencia”.
El uso de la mora, además, se enmarca en esa visión de acompañar un
ingrediente principal, en este caso, la liebre, con otros propios de su entorno
(en el libro intentamos acercarnos a esto con un plato de pichón con frutos
rojos y semillas), para recrear gustativamente su escenario natural y
transportar al comensal hasta él gracias al sabor. Ser capaz de provocar esas
reacciones de placer, evocaciones, viaje y descubrimientos con la comida es la
gran aportación de una cocina imaginativa y de vanguardia: ahí es donde reside
el verdadero lujo.
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